Por: María Hernández
Llegar un domingo al cementerio a visitar a un pariente que ha partido de este mundo nos llena de paz y también de nostalgia al observar su tumba y saber que sólo su cuerpo reposa ahí, pero de su alma no tenemos idea, pues cada religión interpreta la muerte a su manera.
Mientras limpiábamos la tumba de nuestro familiar pasó un cortejo fúnebre con el difunto, y en uno de los vehículos se escuchaba la famosa canción de Tercer Cielo, Yo te extrañaré.
Unos minutos antes de la caravana con los restos del fallecido pasó un señor en la parte trasera de su motor con una cruz nueva para depositarla al recién llegado al cementerio. Luego otro señor fue a buscar un escaparate de madera para colocar una corona al nuevo difunto.
A la entrada del cementerio venden todo tipo de flores por si a alguien se le olvidó comprarla antes de llegar al triste lugar.
Consideramos que las alcaldías deben poner más atención a los camposantos.
Se observa en el Cristo Salvador mucha hierba, tumbas rotas y olvidadas, cruces por la mitad, lápidas fuera del ataúd, falta de pintura, verjas oxidadas, mucha basura, hasta botellas de cervezas como sí alguien estuviera en celebración.
También en los cementerios se puede observar la diferencia de quien tenía más poder económico y quien no por la condición que presentan las tumbas y las bóvedas.
Algunas tumbas ya no se ven de tanta hierba y árboles que la mantienen tapada.
Y aunque parezca difícil de creer también pudimos observar un grupo de motoristas calibrando sus medios de transporte en la vía principal del cementerio.
La paz de Dios lleve consuelo a todos los que en diferentes épocas hemos perdido a algún ser querido.

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