@evelinpolin
La autora ejerce el periodismo, estudiante de Sociología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y humanista.
Les comparto un escrito interesante de una colega periodista y experta en temas de la conducta y la sociedad.
Distinguidos lectores, les saludo, como cada miércoles, compartiendo una vivencia que reproduzco con el propósito de que aprendamos juntos.
Recientemente conversaba con una amiga sobre las diferencias entre los países altamente desarrollados y aquellos que aún enfrentan importantes desafíos, como la República Dominicana. Hablábamos de las bondades de naciones como Suiza, Noruega o Finlandia, reconocidas por sus altos niveles de desarrollo, organización y calidad de vida. Sin embargo, de la misma conversación, reflexionábamos sobre algo que, en ocasiones, parece escasear en esos entornos: la cercanía humana y el sentido de comunidad.
Mientras que, en nuestra isla, con todas sus limitaciones, sigue siendo reconocida por la hospitalidad de su gente, por esa disposición espontánea a tender una mano cuando alguien la necesita. En medio de esa conversación surgió la siguiente frase: “La ayuda debe ser sin límites”, expresó Nani, quien reside en Suiza.
Contaba que una amiga acudió a su casa de madrugada debido a una emergencia y su esposo, un suizo dominicanizado (risas), observó la situación con sorpresa-No era costumbre-. Le resultaba difícil comprender cómo alguien podía presentarse a esas horas para pedir ayuda. Para quienes hemos crecido en culturas más colectivas y solidarias, la escena resulta menos extraña: cuando surge una necesidad urgente, muchas veces acudimos a quienes consideramos parte de nuestra red de apoyo.
Imaginen por un momento encontrarse en un país extranjero y descubrir que nadie está dispuesto a tenderles la mano, especialmente cuando provienen de un entorno donde la solidaridad es una práctica cotidiana y donde abundan las personas de gran corazón.
Particularmente, creo que, aunque la tecnología ha avanzado de manera extraordinaria y nos mantiene conectados a través de múltiples plataformas, seguimos necesitando de los demás para desarrollarnos plenamente, por nuestra naturaleza de ser seres sociales.
En mis clases de Psicología Social he podido dimensionar aún más la importancia de los vínculos humanos. He comprendido que las relaciones interpersonales no son un complemento de la vida, sino una condición esencial para nuestro desarrollo emocional, psicológico y social. Aprendí que nuestra identidad se construye en relación con otros; aprendemos, crecemos y superamos dificultades gracias a esos lazos que nos sostienen.
Por eso, cuando escuché la frase de Nani, reafirmé que el verdadero desarrollo no solo se mide por la infraestructura, tecnología o indicadores económicos; se mide por la capacidad de una sociedad para cuidar de quienes la integran, para generar confianza y para cultivar la solidaridad.
Al final, todos necesitaremos ayuda alguna vez, y cuando ese momento llegue, no recordaremos cuán avanzado es un sistema, sino quién estuvo y está dispuesto a acompañarnos cuando más lo necesitamos, recordando: “la ayuda no debe tener límites”.
Por Evelin Peguero
@evelinpolin
La autora ejerce el periodismo, estudiante de Sociología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y humanista.

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